Se sentó en una silla plegable y respiró profundamente una o dos veces. Estudió a Félix por unos minutos, sin salir de su asombro por esta rana parlante y preguntándose si alguien más creería que Félix puede hablar. Es más! Sabía que algunos de sus pares pensaban que Félix era un engaño y ella, ventrílocua. En realidad Alicia prefería que las cosas siguieran así. Eso les ahorraba a ambos enormes molestias.
- En qué estas pensando?, preguntó Félix
- No mucho. Sólo estoy tratando de comprender algo, respondió Alicia.
- Y de qué se trata?
- Bueno, estamos intentado poner en marcha una serie de mejoras en uno de nuestros procesos críticos y, como hacemos habitualmente, enviamos los cambios propuestos a las áreas afectadas para su revisión y comentarios. Algunos de los aportes que recibimos son útiles e incluso, cubrieron algunos “agujeros” que no habíamos visto, pero otros parecen estar sugiriendo modificaciones sólo por el placer de sugerirlas.
- Y eso te sorprende?, preguntó Félix.
- En realidad no. Lo ví en muchas ocasiones a través de los años. Es solo que me confunde. Esos comentarios provienen de personas sólidas, que darán soporte a los cambios una vez que estén en marcha, pero no logro entender esta actitud que implica “buscar la quinta pata al gato”. Por eso vine a hablar con vos.
Félix estudió a Alicia por un momento y luego le preguntó:
- Sabes qué es un carayú?
- En realidad no, respondió Alicia. –Se que es algún tipo de animal salvaje que se supone bastante feroz pero hasta ahí llegan mis conocimientos.
- El carayú es uno de los animales más feroces que existen. Tiene muy pocos predadores. La mayoría habita en Canadá.
- Vamos Félix! Y qué tiene que ver?
- Ya voy! Resulta que los carayús cazan presas de mayor tamaño que ellos mismos y, como podes suponer, no se las comen de una vez. Entonces las marcan orinando sobre ellas. De esa manera, pueden volver más tarde y olfatearlas para asegurarse que les pertenezcan.
- OK. Ahora, me podes explicar a dónde vamos con esto?
- Falta un detalle: cuando un carayú se encuentra con una presa de otro carayú, también orina. Esto le permite apropiarse de una buena comida.
Ahora, si lo pensamos en términos de cambios, prosiguió Félix, las personas se parecen bastante a los carayús: tienen que “orinar” sobre las cosas para apropiarse de ellas.
Alicia miró a Félix y comenzó a reirse.
- Ya entiendo! Todos esos cambios ínfimos que la gente propone son la forma de adueñarse de la iniciativa!!
- Así es, dijo Félix. Es lo que se llama “Síndrome del Carayú”
- Y qué hago entonces con eso?, preguntó Alicia.
- Y por qué tenes que hacer algo? Después de todo, esas pequeñas modificaciones que algunas personas proponen no afectan la iniciativa total. Si las rechazas, rechazas a los que las propusieron, pero si las aceptas, logras que den soporte a la totalidad.
- El problema aparece, continuó Félix, con los que generaron la propuesta inicial. Están tan implicados en eso y tienen un sentido tan grande de propiedad que tienden a resistir casi de manera automática aquello que sienten como una intromisión. Se vuelven sumamente protectores de lo que ven como “su criatura”. Así que todo se trata de lidiar con un pequeñísimo grupo de personas con un gran sentido de propiedad y todo el resto afuera, mirando.
Alicia pensó por un momento y dijo: Félix! Creo que tenes toda la razón!
Luego se paró, plegó la silla y se dio media vuelta para volver a la oficina.
Félix gritó: Y qué pensas hacer???
Alicia lo miró y dijo: me voy a poner a buscar alguna otra cosa sobre la que puedan orinar…
Moraleja?
No nos queda mucho por agregar. Sólo dos frases para invitar a la reflexión:
- Sin participación, no hay compromiso!
- Las personas no se resisten al cambio. Se resisten a ser cambiadas. Es decir, las resistencias aparecen cuando no se gestiona adecuadamente la involucración de todos en el proceso de cambio
Y ustedes, recuerdan qué sucedió en la última iniciativa de cambio que promovieron?
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